jueves, 15 de noviembre de 2007

Crepúsculos

No entiendo.
No es el dolor terrible ni la alegría completa, es vivir en un crepúsculo. La palabra me suena a un brillo solo en los cromados, o a tardes ensangrentadas bajo los gritos histéricos de las chicharras. Es así: la vida en un crepúsculo.
El crepúsculo es triste, si le preguntan a todos (que son los que saben), ambiguamente triste. La intuición le da esa carga de lágrimas que llevan también las tardes lloviznosas en sus puñaditos de agua, esos lloros como rayados, molidos, obsesivamente picados y desgranados entre dedos de abuela. También algunos piensan que son tristes pero hermosos, las lloviznas y los crepúsculos; yo no creo eso, yo no soy unos de esos, seguro que son poetas.
A mi en los crepúsculos me duelen los ojos, y si los lamo un poco me pican a domingos o feriados, cuando hasta vivir e ir a los cines es mas caro. A veces me suenan a bicicleta, y como a algo que espera algo, sin tener nada que esperar. Son tardes que tarde están para desandar sus pasos, o casi noches sin estrellas ni un cielo que diga mas que bandadas de pájaros que están yéndose, echando sombras atras.
Yo soy una persona crepuscular, el mismo brillo de una perla; quiero que el tiempo me ponga el cielo en su lugar, que desande algún milagro malogrado o tienda la noche muy oscura, dejando los pájaros atras y las sombras que ni siquiera son completamente ellas mismas, como debían de ser

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